PARA TODOS O PARA NADIE - pulidomiguel
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PARA TODOS O PARA NADIE

Si ya descifré completamente a Jesús, probablemente ya no es Jesús de quien estoy hablando. Esta es una idea que tengo incrustada en mí, una especie de predisposición en la que anclo mi acercamiento a Jesús. No lo hago desde el punto de vista de relativizar a Jesús o de mantenerme en un eterno descontento contra todo lo que suene a sistema, sino más bien desde la aceptación de que es un misterio, un mar interminable en el que seguiré navegando, que él es un León salvaje que no se puede domesticar en mis limitadas afirmaciones.

Jesús trasciende mis definiciones.

Y su Gracia también.

He escrito y hablado de la Gracia por años. Estoy absolutamente convencido que sin ella seguir a Jesús sería imposible. Aquél que diga que nunca la ha necesitado es un mentiroso. En el momento en que empiezo a creer que mi relación con Jesús está basada de alguna manera o en alguna medida en mis capacidades, el globo del orgullo empieza a inflarse hasta darme la sensación que no la necesito más y, por lo tanto, que hay un punto donde pasa a ser una nota al pie de la página de mi historia.

Nuestra comprensión de la Gracia afecta, por supuesto, nuestro trato hacia el pecador y su pecado. Aquí es donde la cosa empieza a ponerse difícil. La impresión que tengo es que domesticamos a Jesús y a su Gracia según los pecados de nuestra preferencia o de nuestro gusto. Nos escandalizamos selectivamente. Somos laxos o duros según nuestros gustos.

Así pasé a ser yo quien dicte las reglas.

Moldeé a Jesús a mi imagen y semejanza.

He descubierto que todos, a nuestra manera, tenemos en nuestra lista algún pecado imperdonable. Quizás en el pasado se trataba de cuestiones morales, principalmente aquellos que tenían que ver con la sexualidad. Se pueden contar por miles las personas que fueron expuestas al escarnio público por haber tenido relaciones sexuales prematrimoniales, por ejemplo. A muchos se les puso en procesos de “disciplina”, cuyo único fin terminó siendo la humillación, no la restauración. La Gracia brilló por su ausencia en esos escenarios.

Sin embargo, vivimos en un tiempo donde estamos tratando de recoger los pedazos de lo que una religiosidad falta de Gracia destruyó. Porque queremos ser como Jesús: comer con el pecador, darle una oportunidad al que falló, no definir a la persona por un error sino por la cruz.

Pero tenemos que ser cuidadosos.

La Gracia en algún punto nos va a incomodar.

Jesús comía con pecadores. ¿Nos hemos dado cuenta de las implicaciones de esa afirmación? Ahí se incluyen a las personas que me han hecho daño.

Quizás nos sea más fácil extender Gracia a la víctima, pero el victimario también la necesita. En la cruz, Jesús clamó por perdón a aquellos que lo estaban lastimando. Él sirvió tanto al judío como al romano, tanto al oprimido como al opresor. Su abrazo se extendió a aquellos que, desde mi orilla, fácilmente yo podría rechazar. La iglesia es ese extraño proyecto en el que Jesús llama a seguirlo tanto a un zelote como a un publicano.

Si Jesús sólo perdona los pecados que yo perdonaría y no otros, y sólo restauraría a quien yo restauraría y no a otros, simplemente estoy llamando “Jesús” a una amplificación de mi ego. Lo domestiqué en la jaula de mis sensibilidades. Su Gracia dejó de ser irrestricta, incondicional, inagotable e inmerecida y pasó a ser una transacción que se acomoda a lo que yo considero que debería ser.

Porque si la Gracia no es para todos, no es para nadie.

 

©MiguelPulido

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