LOS PROFETAS NO DEBEN MORIR - pulidomiguel
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LOS PROFETAS NO DEBEN MORIR

Al escuchar la palabra “profeta” solemos pensar en una persona que tiene la capacidad de predecir el futuro, una especie de místico que tiene una conexión especial con la divinidad para develar el porvenir. Y esta idea, por supuesto, es nutrida por las representaciones que siguen promoviendo ciertos círculos religiosos.

Pero un profeta no hablaba solamente del futuro.

De hecho, su trabajo estaba enfocado en su presente.

En los distintos testimonios que da la Biblia sobre la labor profética una cosa que queda clara es que eran personas de su tiempo. Entendían sus circunstancias. Eran conscientes de su realidad. No se abstraían de ella, la enfrentaban.

En estos días de circunstancias duras para Colombia he leído que varias personas ponen la frase “Dios pone y quita reyes”, la cual es una frase que proviene, precisamente, del profeta Daniel. Y está enmarcada dentro de la idea de que el poder absoluto descansa en las manos de Dios, no de ningún ser humano. Por encima de cualquier trono en el mundo está el de Dios.

Por eso hablaban los profetas. Cuestionaban a los reyes a la luz de las palabras de Dios. Sí, el Señor puso a David, a Saúl o Acab, pero eso no significó que no se equivocaran y tuvieran a Natán, Samuel o Elías para que los corrigieran, los interpelaran, los exhortaran.

Ningún rey dejaba nunca de ser humano.

Como todos, necesitaban recalcular la ruta cuando se desviaban.

Una de las mayores perversiones en los gobiernos corruptos del Israel antiguo consistía en que algunos reyes contrataban profetas. Los ponían entre la nómina y les pagaban por una labor: que les dijeran que Dios los respaldaba en todo lo que hicieran. Un ejercicio de autosatisfacción y apoyo egocéntrico en el que querían tener un funcionario de bolsillo que simplemente los afirmara en todo.

El poder tiene la inevitable facultad de desviar los corazones de quienes creen poseerlo. Dicen que el poder enloquece. La voz profética era una de cordura cuando la demencia asomaba su rostro. Llamaba a la justicia cuando la maldad corría por las calles, al cuidado de los necesitados cuando los recursos se estancaban en unos pocos, a la paz y el bienestar cuando el pueblo y sus gobernantes cedían tras el espejismo de una comodidad que nada tenía que ver con una clase de dicha que bendijera a todos, a volver la mirada a Dios y sus propósitos para toda la creación.

Claro, hoy no vivimos bajo un sistema teocrático o monárquico, lo cual nos debería llevar a la reflexión sobre la aplicación directa de los versículos que citamos aquí y allá según nuestros gustos políticos.

Sin embargo, aunque no haya reyes, seguimos necesitando profetas.

Los profetas no deben morir.

Toda institución gubernamental requiere de personas que tengan la capacidad de ver la realidad con los ojos de Jesús y hagan de eso su norte. La labor política del pueblo de Dios no consiste en subir a los candidatos de su agrado a los púlpitos para que ganen más votos en tiempo de elecciones. Además de sesgado y peligroso, termina por ser sumamente irrelevante al largo plazo.

El poder necesita contrapeso, no simplemente aduladores ni opositores. Requiere con urgencia personas que sean capaces de proponer miradas más elevadas que no beneficien solamente a algunos (ni siquiera a ellos mismos), sino que presenten un discurso que cuestione la realidad desde la perspectiva divina. Voces de sensatez en medio de la locura.

Porque si una autoridad es puesta por Dios, quiere decir que esa autoridad no es Dios.

Y, por lo tanto, debe rendir cuentas ante el Rey.

 

©MiguelPulido

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